Arpilleras en Chile: Presentación de experiencia de la colectiva Memorarte por Astrid Pozo en la formación online “TFEPA”.

«La trama es sumamente potente, la trama que todo lo une y va llevando de una cosa a otra cuando nos encausamos en colectivo, despertando esa fuerza creativa colectiva.».

— Astrid Pozo

Astrid es una joven chilena, que actualmente vive en Brasil, como miembra de la colectiva de arpilleristas Memorarte y como participante de la formación “Tejiendo hilos de emociones, paz y arte” que facilita la Escola de Cultura de Pau y la Associació Teixint Fils d’Emociones, ha sido invitada a compartir su experiencia utilizando las arpilleras como herramientas de lucha y transformación social, en el Encuentro de Narrativas Textiles “Retazos de resiliencia: Tejiendo hilos de emociones, en contexto pandemia”.

Astrid dio inició a su ponencia agradeciendo a todas las mujeres arpilleristas que bordaron durante la dictadura en Chile: “por ser mujeres tejedoras de la resistencia, mujeres valientes, que nos dejaron muchas enseñanzas y un legado que nunca se ha detenido.

Nuestra ponente resalto tres ejes que las arpilleristas lograron unir haciendo uso de este arte textil: por un lado la arpillera tuvo un aspecto terapéutico, ya que las mujeres se reunían a bordar en círculos que eran espacios de contención frente a la terrible violencia de la que eran víctimas durante la dictadura. También la arpillera posibilito la denuncia política, ya que a través de los textiles narraban las situaciones que estaban ocurriendo. Y como tercer eje resalta la arpillera como fuente de ingreso en un momento de mucha complejidad económica en el país.

Después de la dictaduras, muchas mujeres  continuaron tejiendo arpilleras con los mismos tres propósitos con que se tejían durante la dictadura. Pues aunque la democracia había llegado, muchas mujeres eran conscientes y estaban claras en la consigna de que aún había muchas cosas por las cuales bordar. Dos de estas mujeres María Teresa Madariaga y Patricia Hidalgo, comparten un taller en el museo de la memoria en el año 2012, en el cual participa Erika Silva, fundadora de la colectiva de arpilleristas Memorarte, y a este momento Astrid lo nombra como la “semilla-encuentro”.

Astrid describe a Erika como una mujer mágica, compañera de bordado, tejedora de resistencia, que también es escritora, y nos comparte las palabras con que Erika describe este encuentro:

“La semana pasada fui al museo de la memoria y los derechos humanos a aprender de las maestras arpilleristas, a registrar la historia, a evocar el pasado doloroso atragantado, a aprender las puntadas que ahuyentan el verbo olvidar. Como retazos de telas con mis compañeras sacamos los trapitos de telas de nuestras historias para estirarlos, como se estiran las sabanas para que tomen el sol, y como lo hacen las maestras.

Los trapitos se fueron cosiendo con las puntadas de las palabras, de las sonrisas, de la escucha atenta para terminar aprendiendo que las mujeres cuando cosen también cosen un nosotras que les ayuda a ser mejores de lo que eran antes. Yo no sé cantar, ni se llevar causas a los tribunales cuando la justicia se vuelve injusta, escribo un poco a veces para que las cosas que pasan o pasaron no se vayan en el agua y se vuelvan invisibles, pero ahora se hablar a través de una arpillera con trapitos con flores, con retazos oscuros, con hilitos delgados ahora aprendí a hablar sin sonido y a escribir sin palabras” Erika Silva. Fundadora de la colectiva Memorarte.

A partir de este encuentro, de la inspiración que María y Patricia impregnaron en Erika, así como de su deseo de compartir la arpillera como medio de lucha por los derechos humanos y gracias a la posibilidad de brindar un taller en la población la Victoria, que es una población popular, una tierra de resistencia en Santiago, y de su encuentro en este taller con Cintia, Alejandra y Berta, con quienes unieron fuerzas, es que se propusieron formar una colectiva para ser guardianas de la arpillera y compartirla en todos los espacios posibles.

En el verano del 2016, surge la oportunidad de hacer talleres de arpilleras gratuitos pero no contaban con un lugar para realizarlos, así que deciden ocupar un espacio en el Parque Andrés Jarlan. Con la llegada del otoño  comienza a hacer frío y ya no se puede seguir realizando los talleres en el parque.  Surge una oportunidad dentro de la población de Magallanes, cercana a este parque y donde vive la mayoría de las integrantes de ese momento de la colectiva, de conseguir un espacio donde hacer los talleres.

Así surgen los miércoles de memorarte que consistían en una reunión abierta con este núcleo central, que convocaban  a quien quisiera llegar a compartir el círculo y saber de la arpillera, era un círculo muy rico porque era muy diverso tenía diversas voces, diversas edades. Era un espacio que permitía los mismos ejes que el de las arpilleristas durante la dictadura: la contención, el círculo entre mujeres de distintas edades con toda la nutrición que eso tiene, la reflexión que permitía poner en cuestión temas de la contingencia, temas políticos y la creación.

En ese momento memorarte era un espacio para compartir sobre todo el oficio desde lo individual, cada una hacía su arpillera, la arpillera de su historia y en este espacio sanador que consistía en ir soltando la palabra mientras las manos iban hablando con los hilos y las agujas; ocurrió un momento donde nos consolidamos como un grupo más fijo, y aquí sucedió lo que mis compañeras y yo denominamos como el portal de las arpilleras a la calle, desde esta reflexión que siempre hemos mantenido sobre lo mucho que tienen para decir las arpilleras, nosotras llegamos a la conclusión de que era el momento de que las arpilleras salieran a la calle, porque en dictadura en un momento cuando fueron perseguidas eran un oficio clandestino, un quehacer oculto, silencioso que gritaba desde su lenguaje.

Astrid describe dos “momentos portales” que impulsaron el paso del trabajo individual de las arpilleras a un trabajo colectivo, donde el grupo de arpillersitas se encontraba más consolidado y cuando las arpilleras empezaron a figurar en el espacio publico para dar voz a través de los hilos a las situaciones de injusticia. Estos dos casos, los exponemos citando sus palabras:

El caso Nábila Riffo, una mujer que fue atacada por su esposo, él le saco los ojos, fue un hecho muy impactante que ocurrió en Chile, ella sobrevivió y fue a realizar su tratamiento a la costa central al hospital público más grande que hay en Santiago y allí todas las organizaciones feministas realizaron una red de contención para Nábila, yendo a hacer una vigilia todos los días afuera del hospital y allí nosotras dijimos tenemos que llevarle arpilleras a Nábila para apoyarla en este momento.

Cada una hizo una arpillera para Nábila, yo no alcancé a terminarla y la terminé allí de noche afuera del hospital y eso generó la atención de las personas que se acercaron a preguntarnos y allí les compartimos que es lo que significaba una arpillera, lo potente de bordar como un ritual circular y también un ritual de zurcir. Nosotras queríamos apoyar a Nábila a zurcir su herida. Juntamos nuestras arpilleras esa noche y nos dimos cuenta que todas juntas se veían como algo grande.

El otro portal fue el caso de Rodrigo Rojas de Negri, un joven que fue asesinado durante la dictadura con bencina y fuego, él fue quemado junto a Gloria, otra chica que fue atacada de la misma manera, ella sobrevivió y Rodrigo murió. Esta foto que ustedes ven de esta mujer sosteniendo una arpillera, ella es la madre de Rodrigo en la conmemoración de los treinta años de su asesinato que sigue sin tener justicia. Nosotras hicimos esta arpillera todas juntas y se la entregamos a Veronica de Negri, la madre de Rodrigo y ella camino con la arpillera en esa manifestación. Y allí nos dimos cuenta de este gran portal, de que el hacer colectivo nos permitía hacer algo mucho más grande que solo arpilleras cada una.

Astrid y las miembras de la colectiva memorarte fueron conscientes de que al juntar su fuerza creativa podrían crear arpilleras de mayor tamaño y hacerlas visibles en las calles. Es así que aparece “La Paloma” la arpillera más grande de la colectiva memorarte, realizada en la conmemoración del 11 de septiembre del 2016, fecha en la que se realizó el golpe militar en Chile, y es pues cuando se conmemora el inicio de la dictadura, realizando una marcha que inicia en el centro de la ciudad y termina en el cementerio general.

La idea de “La Paloma” nace con un retazo de tela que Erika corto para otra cosa, para unos bolsillos que nos habían regalado y vio que quedaba un agujero en la paloma, y dijo que interesante ver como la ausencia tiene una presencia, como todos los detenidos desaparecidos desde su ausencia conforman una gran presencia, que es la presencia de la memoria, que nunca tenemos que olvidar. Y así cosimos “La paloma” que llevamos a la marcha del 11 de septiembre, la arpillera causo mucho interés, y allí reforzamos la idea de crear arpilleras grandes de la contingencia política que se hicieran presentes en las calles.

Algo que también sucedió ese día es que la arpillera cobro vida, porque en este mismo día se nos acercó una mujer que era hija de un detenido desaparecido y nos preguntó si podía bordar el nombre de su papá en alguna de las palomas, y allí esa pieza cobro vida porque fue trayendo a la memoria todas esas personas cuyos nombres empezaron a ser bordados, y fue además un acto de reparación porque la gente cuando bordaba el nombre de su familiar, lloraba, nos compartía su historia, nos compartía la fecha en que había sido detenido y fue muy emocionante.

Esta abuela que aparece acá es Anita, ella fue una luchadora por los derechos humanos y  la memoria, su caso es muy fuerte porque toda su familia fue detenida desaparecida: sus dos hijos, su nuera que estaba embarazada y su esposo. Ella decidió cerrar la reja de su casa el día que se los llevaron y no volverla a abrir hasta que ellos volvieran, cuando ella ya estaba en sus últimos días, pudimos visitarlas y ella logro bordar el nombre de sus familiares en la paloma. Murió hace dos años.

Fue también durante esta primera marcha en que la colectiva memorarte se hace presenta con “La Paloma”, cuando Erika, fundadora de la colectiva, tuvo la idea de realizar capuchas bordadas, capuchas como símbolos de resistencia latinoamericana, en palabras de Astrid. “Bordamos las capuchas con mensajes en nuestra boca como símbolo de que el bordado es nuestra voz”.

A partir de este momento, en la colectiva memorarte se generó una metodología colectiva de crear las arpilleras de gran tamaño, con las cuales se hacen presentes en manifestaciones, marchas, actos políticos. La metodología consiste en reunirse primero, conversar sobre la vida, luego sobre un tema en particular, a partir de este momento dar paso a la reflexión en rueda, y de este momento surgen las ideas para la elaboración de la pieza mediante un proceso de creación colectiva.  Para Astrid esta presencia en la escena pública es también un acto performático donde se pone el cuerpo en la calle junto al bordado. La misión de la colectiva memorarte “es ser guardianas de la arpillera y compartir este lenguaje en todos los lugares posibles”.

Reconocen la arpillera como un lenguaje que incide en la escena política. Han compartido su trabajo en las calles, en otros países como Brasil y continentes como en Europa, han compartido con niños, niñas, niñes, profesoras, educadoras, personas privadas de libertad, mujeres de distintas edades, hombres.

 Han realizado tres encuentros internacionales de arte textil en resistencia, los contenidos realizados a partir de estos encuentros se encuentran en la plataforma spotify como podscast. Fue gracias al III Encuentro de Arte Textil en Resistencia que Astrid y Neus, coordinadora y formadora de este proyecto, se conocieron y hoy Astrid hace parte de la formación “Tejiendo hilos de emociones, paz y arte”.

Les invito a unir fuerzas, son tiempos de trabajar en colectivo, de zurcirnos, de ser manada.

Astrid Pozo

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